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No me gusta, pero lo acepto

  • Writer: Sofi
    Sofi
  • Oct 19
  • 2 min read

Tengo que confesar que no me gusta mi cuerpo actualmente.



Si llevan un tiempo leyéndome, saben que mi cuerpo y yo hemos tenido una relación complicada.


De esas relaciones que, aunque se trabajen y mejoren, siempre serán complejas, porque hay una historia de dolor que simplemente no puede desaparecer.


Disfruté muchísimo estar embarazada. De hecho, recuerdo mi embarazo como uno de los momentos en los que más tranquila y plena me sentía. Era increíble ver cómo mi cuerpo se transformaba junto con mi bebé, pero además de cómo yo me sentía, hubo un factor importante que influyó significativamente en cómo viví esa etapa: la validación externa.


Todo el mundo me decía que me veía bonita, radiante, feliz… que cómo era posible que aún pudiera hacer x o y cosa estando tan embarazada.


Y ahí está el problema.


Los cuerpos embarazados —las panzas de embarazo— son celebrados, pero ¿qué pasa con el cuerpo en el posparto? ¿No sería lógico que recibiera la misma atención y admiración? ¿No sería justo, después de todo lo que ha vivido?


Pues no. Hay una presión (directa o indirecta) por “bounce back” o “volver a como eras antes”. Aunque nadie te lo exija explícitamente, la presión siempre está ahí: hay un bebé que cuidar, responsabilidades que atender, compromisos que cumplir, trabajos a los que regresar…


Entonces, ¿ven el problema?



A veces me pregunto si me sentiría igual si mi cuerpo fuera celebrado un poquito más durante esta etapa de tanto caos.


Y ojo, no se imaginan la gratitud, admiración y asombro que siento por todo lo que mi cuerpo ha hecho. Cada vez que veo a Luna, no puedo dejar de maravillarme y preguntarme cómo fue que salió de mí.


Cada vez que tenemos una cita con la pediatra, me impresiona pensar que ha sido mi cuerpo el que la ha ayudado a crecer y desarrollarse.


Pero aun así, no me gusta cómo se ve.



No me gustan las estrías, el exceso de piel, la flacidez, la asimetría, pero he aquí el insight clave—nada de esto tiene que gustarme para que pueda aceptarlo.


La aceptación no requiere que me guste lo que estoy viviendo, sino que deje de pelearlo.
 Es elegir la paz sobre la resistencia.

Mi cuerpo ha hecho tanto por mí y por Luna que, aunque no me encante en estos momentos, se merece todo mi respeto y paciencia. Y si quiero volver a sentirme bien en él, necesito cuidarlo —pero desde aquí, sin expectativas, sin comparaciones, desde la aceptación.



Y este escrito es parte de ese proceso.


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